Primavera en el Gallinero

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Que llegue la primavera con las flores del derecho, el trabajo la paz y la justicia.

Por Tónica Piposa (payasa de Saniclown)

vlcsnap-2015-09-13-19h53m38s200 (2)Cuando aparcamos el coche Rebeca está esperando. La alegría por ver a su amiga Oasis se refleja en sus ojos preciosos, la alegría que siente cualquier niño cuando un amigo le visita por primera vez en casa. En el lugar donde vive Rebeca es muy raro recibir visitas, por eso hoy es un día de fiesta. Pasan muchos coches levantando tierra, da miedo verlos pasar entre los niños, entre los perros, buenos coches, atraviesan el poblado y van a la chabola que está más alejada, una con una antena grande y mucha gente que entra y sale. Buenos coches, si.

Oasis, con sus siete años, nos da la primera lección corrigiéndonos: “La casa donde vive Rebeca no se llama chabola, sino que es una casita más pequeña hecha de madera y hierro. Es la casa de mi amiga“.

Respiro hondo y me refugio en mi nariz roja. Ahora soy Tónica Piposa.

Abro mucho los ojos para no perderme nada, y para que todos los que ahora me miran tan fijo lean rápido en ellos que pueden confiar en mí, que soy de fiar, que quiero estar allí compartiendo su fiesta. Apenas he dado unos cuantos pasos cuando un niño se acerca entre risas, muy cerca, tan cerca que se hace con mis gafas de payasa y ya sólo las veo a lo lejos, ahora las lleva una chica con dientes de oro que baila en el medio de un corro, ahora varios niños se pelean por llevarlas un rato, ahora ya no son gafas y se las han repartido en trocitos… Estos niños que no tienen nada, ni ropa, ni zapatos, ni juguetes, reclaman su derecho a cubrir sus pies, a adornar su pelo, a vestir ropa bonita, y lo hacen así, si está a mano lo cogen porque no tienen otra forma de conseguir las cosas.

Las niñas más pequeñas se nos acercan reclamando ternura y cariño. Piden brazos y mimos y yo los reparto lo mejor que puedo. Con la vista busco a sus mamás para pedir permiso, pero están ocupadas amamantando a los más pequeños, muchas de ellas con otro bebé en camino. Ahora tengo un corro de pequeñitas de cara sucia y pies descalzos reclamando que las coja en brazos. Les doy mi gorro y se lo van pasando por turnos, llevarlo puesto se convierte en un juego y sus risas preciosas me recuerdan que no hay nada más bonito que la risa de un niño. El sol quema mucho, noto como el calor de este suelo de tierra y cristales atraviesa la suela de mis zapatillas y no puedo dejar de pensar en sus pies descalzos.

Los mayores también reclaman atención y tengo que defender mi nariz y mi ropa de sus tirones, al final nos quitan el gorro y se acaba el juego, y nos quedamos otra vez inventando que hacer.

Bailo un rato con unos y con otros, una señora con un bebé en brazos me pregunta si estoy casada, si tengo hijos. Al principio creo que es la abuela del niño, pero me cuenta que tiene cuatro hijos y otro en camino. Tiene 32 años.

Siro me pasa una pintura rosa y me pongo a pintar naricillas de payaso, y corazones, y dinosaurios, y elefantes y Spidermans, “—pero es que sólo tengo pintura rosa, —vale, no importa que sea rosa el Spiderman, pero píntamelo bien, ¿eh payasa? Que parezca de verdad.” Una pequeñita lleva mucho rato mirándome pintar caras sentada muy quieta en el suelo, pero no se acerca, no puede atravesar el corro de niños que tengo alrededor, son demasiados y gritan mucho. Me agacho a su altura pensando en lo preciosa que es, y le pregunto bajito que quiere que le pinte, que le voy a hacer un dibujo especial solo para ella, el más bonito. Me pide que le pinte una tortilla, grande, con muchos huevos.

Rebeca cuida de Oasis que está un poco asustada, porque Caroto y yo hemos ido a comprar agua y le parece que tardamos en volver. Pienso que Rebeca se ha convertido en el oasis de Oasis. Los otros niños la mojan con sus pistolas de agua que llenan en la fuente, le tiran del pelo, intentan quitarle su diadema de colores. Quiere irse ya. A casa.

Cuando Rebeca la abraza con todas sus fuerzas, los ojos cerrados, sonriendo feliz por la visita de su amiga, pienso que la risa de un niño es el sonido más bonito del mundo, suene donde suene.

 

1 Comment

  1. Anabel dice:

    Me ha llegado al corazón.
    Emocionante y precioso
    Anabel

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