Un gatito Sonriente consigue derribar todas las barreras y…

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Hay tardes que compensan todos los días grises del mundo mundial y parece que todos los rayitos de sol se hayan puesto de acuerdo para dar calorcito al mismo tiempo.

Este jueves fue una de esas tardes y fue tan, tan bonita que no podemos resistirnos a compartirla con vosotros:

Chapita, Policina, Pastelete y Tónica Piposa estuvieron repartiendo cuentos por todos los rincones del Hospital. Muchos amigos nos ayudan a llevar adelante nuestra labor payasa y esta vez una editorial, Wanceulen, donó libritos con historias de colores, de niños que creen y por eso crean, de gatos sonrientes y pajaritas de papel que vuelan muy lejos.

Allí donde mirabas había un cuento: en los bolsillos de las enfermeras, en los carritos de los tratamientos, en las bolsas de suero…cuentos, cuentos y más cuentos por todas partes, porque la fantasía debe llegar a todos los rincones.

La primera parada payasa de la tarde fue en la REA. La REA, es, sin necesidad de utilizar una palabra taaaaaan rara, el lugar donde los peques se recuperan de las intervenciones.

¡Allí es donde sucedió la primera aventura payasa!

 

Aventura payasa nº 1. El gatito sonriente que derriba todas las fronteras

 

A veces cuando una persona, sea mayor o sea pequeña, se recupera de una intervención, puede pasar que no tenga el mejor humor del mundo mundial y con toda la razón del mundo, claro.

Así es justo como los payasos conocieron a Jorge.

Jorge estaba muuuy, muuuuuy enfadado, y no quería ni oír hablar de las payasas, y mucho menos que se acercase ninguna a su cama.

Una cama de hospital es un castillo, una fortaleza, propiedad absoluta de su ocupante y eso los payasos de hospital lo saben muy bien y lo respetan siempre, por eso Tónica dio tres o cuatro pasitos hacia atrás y se colocó justo del otro lado del cristal del box del pequeño.

Jorge seguía muy, muy enfadado, así que Tónica asomó solo un ojito por la puerta, un poquitirritín, apenas las pestañas y le preguntó a Jorge si podía estar así, asomadita.

Jorge paró un poquito del enfado, como pensándolo, y luego dijo: ¡NOOOOOOO!

La respuesta fue clara y Tónica escuchó, y se retiró un poquito más. Pero pensó que Jorge no había dicho no a la nariz payasa, y que quizá, sólo quizá, sí que le permitiría asomar por la puerta apenas la puntita roja de la nariz.

¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

Entonces….se acordó de los cuentos. ¿Y si era el gatito de la portada del cuento y no la payasa quién se asomaba a la habitación de Jorge?

¿Y el gatito, se puede asomar el gatito?

¡¡Y Jorge transformó el NOOOOOO en un “sí” pequeñito!!

¿Y podemos pasar la gatita y yo a saludarte? ¡Y Jorge dijo SÍ!

¡Fue tan emocionante! De repente, el enfado de Jorge se detuvo, levantó su mano al aire, para dejar a la payasa muy claro el camino y así, con la manita, sonriendo un poquito, dijo:

¡VEN!

Y fue en ese momento cuando surgió la magia. El enfado de Jorge se transformó en ganas de jugar y pellizcar la nariz roja, en ideas para ponerle nombre a nuevos personajes para el cuento, en fantasía, en alegría y en mil y una sonrisas.

Y los payasos salieron de la REA pensando que ser payaso es lo más genialmente maravilloso que te puede pasar en la vida.

 

Aventura payasa nº 2, una niña que sabe guardar secretos y le enseña a los payasos una importante lección

 

Después de un ratito los payasos llegaron a la puerta de San Ildefonso. San Ilde es una parte del hospital donde los peques suelen tener ingresos más largos. Allí, en la puerta de esta unidad, Pollicina y Tónica Piposa conocieron a Andrea.

Bueno, en realidad, lo primero que vieron las payasas fue un montón de gente rodeando a Andrea: el papá, la mamá, la hermanita, la enfermera y la fisioterapeuta. Y en el medio de toda esa multitud, sentada en su sillita de ruedas, estaba Andrea.

Y todos y todas le decían a Andrea que TENÍA que levantarse de la sillita. Pero es que a Andrea le costaba ponerse de pie porque tenía mucho dolor en los pies por llevar taaaanto tiempo en la camita.

Y claro, si sentada no te duelen los pies y de pie te duelen muchisísimo, pues elijes quedarte sentada, eso está claro, ¡que para eso son tus pies!

Pollicina y Tónica no se acercaron mucho al principio, aunque sí escucharon que era muy, pero muy requeteimportante que Andrea se pusiera de pie.

Las payasitas comenzaron a cantar algunas canciones, así, como el que no quiere la cosa, en modo muy payaso y la mamá al oírlas les pidió que si por favor podían cantar la canción favorita de Andrea.

“¡Por supuesto, sabemos todas las canciones del mundo mundial!”, dijeron las payasas, y la mamá les pidió que cantaran la canción de Rudolf el Reno.

Las payasitas se agacharon junto a la silla y probaron muchas, muchas locas versiones y Andrea sonreía un poquito y negaba con la cabeza, ¡porque las payasas, aunque sabían la melodía, no aceraban con la letra!

Al final la peque cedió un poquito y les enseñó la versión de verdad verdadera, la auténtica y maravillosa canción de Rudolf. ¡Andrea había cedido un poquito!

Pero todos seguían pidiéndole a Andrea que se pusiera de pie. Y Andrea seguía diciendo que no, que estaba bien en su silla y que no se levantaba y se enfadó un poquito.

Entonces las payasas decidieron respetar el enfado y dejar a Andrea un poco de espacio, así que siguieron cantando sus canciones y fueron a desearle una tarde preciosa a las enfermeras.

Los payasitos de Saniclown nunca vamos solos, es súper, pero súper importante la labor del acompañante terapéutico, porque va sosteniendo y poniendo orden en las locuras de los payasos y escuchando las necesidades de los pequeños y de las familias.

Ahí es donde esa tarde ocurrió la magia. Vero, nuestra mamá payasa, y acompañante terapéutica esa tarde, escuchó a los papás de Andrea y comprendió lo importante que era que la peque se pusiera de pie.

Regresó a buscar a Tónica, que andaba felicitando la primavera a las enfermeras y le pidió que por favor regresara con Andrea para intentar ayudarla una vez más.

Tónica se agachó junto a la peque y volvieron a cantar la canción de Rudolf otro ratito más. ¡La verdad es que Andrea canta muy bonito!

El papá le prometió un Kinder sorpresa si se levantaba un ratito, pero ni por esas los pies de Andrea consiguieron ponerse en marcha.

Entonces Tónica, agachada al ladito de Andrea, comenzó a contarle un secreto, muy, muy bajito, para que nadie más se enterara.

Le contó que al estar taaaaanto rato agachada cantando la canción de Rudolf, la espalda se le había quedado atascada y no podía levantarse. De momento nadie parecía haberse dado cuenta, porque Tónica sabía disimularlo muy bien, pero el caso es que la payasa no podía levantarse y tenía un poquito de vergüenza de decirlo en voz alta.

Quizá si Andrea la ayudaba un poquito, solo un poquito, podría ponerse de pie y que nadie más se diera cuenta.

Y Andrea, también en voz baja, para que nadie más se enterase, ¡dijo que sí!

Al principio intentó ayudar a Tónica a ponerse de pie tirando con sus manitas desde la silla, pero el culete de Tónica pesaba demasiado y no había manera de conseguirlo.

Porfa Andrea, ¿puedes ponerte de pie solo un poquito para ayudarme?

Alrededor, todo era silencio. El papá sujetaba el Kinder Sorpresa, la mamá miraba emocionada, la hermanita sonreía, la enfermera y la fisio no decían ni mu y Tónica y Andrea comenzaron a ayudarse la una a la otra.

Andrea tiró muy fuerte de Tónica, y consiguió que se pusiese de pie, y Tónica levantó con mucha ternura a Andrea y ambas se miraron a los ojos sabiendo que lo habían conseguido.

Y así la niña enseñó a la payasa que ayudar es la mejor forma de ayudarse.

Y además consiguió el Kinder Sorpresa, ¡claro que sí!

 

 

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